Todos tenemos algo para decir. Y lo mejor es cuando alguien atiende nuestra necesidad. Aquí estamos entonces para decir mucho aunque del otro lado siempre haya un misterio...

Friday, February 10, 2006

El lado que cuenta

(Contracolumna)

El 2006 le abrió paso a una de las figuras más cuestionadas y sobre la cual se han tejido voces de diferentes lados, acusándola y aprobándola: La reelección presidencial. La dividida izquierda colombiana encabezada por Antonio Navarro Wolf, que entre otras se cansó del “Polo”, y Gustavo Petro, alzaron su voz en contra de la figura de la reelección presidencial; deshaciéndose en reclamos y vituperios que finalmente no impidieron que ésta fuera aprobada por el congreso y posteriormente recibiera el aval de la Corte Constitucional.

Y ya se han dejado oír las voces de protesta en contra de la posibilidad de la reelección de Uribe. Se ha denunciado, ya casi como lánguido signo de desesperación, que no puede decirse que “Colombia ganó”, por la aprobación de dicha ley ya que las “minorías” excluidas, por tanto fuera de las “mayorías”, no se sienten ganadoras.

La desesperación que vive el país no pasa por el cuento de una posible reelección presidencial. Cada cual quiere su pedazo de la torta y hasta ahora no se ha inventado un modelo menos injusto que el democrático. Porque vale decir que la democracia no necesariamente es justa, aunque sería mucho más injusto, y sobre todo peligroso, que las minorías tuvieran en sus manos los hilos del poder. Entonces todo quedaría reducido a una especie de autocracia ejercida por las minorías, no necesariamente excluyente pero con posiciones peligrosas para la autodeterminación de los pueblos.

Si las Instituciones no funcionan, si el país se sigue desencontrando en una guerra entre los mismos ciudadanos a favor de unos y otros, el país entero seguirá perdiendo, ya no las minorías. Una democracia participativa tiene derecho también a contar con la figura de la reelección.

Tuesday, February 07, 2006

El papel del intelectual

Por: Catalina Isaya Calle

“Dejar de escribir no ha cambiado mi vida”, fue lo que confesó Gabriel García Márquez recientemente al diario El Espectador, dejando con esto varios interrogantes para el mundo de las letras. Esta noticia circuló por la prensa mundial como el vaticinio del colofón de la obra de uno de los más grandes escritores de todos los tiempos.

Esta Posición del Premio Nobel colombiano deja mucho qué desear y sobre todo mucho de qué entristecerse. Según Antonio Caballero, citando al Premio Nobel de Literatura Harold Pinter, la función del intelectual en la sociedad debe ser “la denuncia de la mentira”. Todo lo contrario al silencio indiferente o cómplice con el que se ha refugiado en los últimos años, el hombre que habló de la masacre en las bananeras y de las guerrillas camufladas en pueblos olvidados, en sus libros.

Y es que hay de qué entristecerse cuando llega García Márquez, el del Premio Nobel, de visita por el pintoresco país en el que nació, a un evento abierto al público como el Hay Festival en Cartagena, y que sea el único escritor que tenga la necesidad de traer consigo varios guardaespaldas, que lo alejan mucho más del país que se ha ilusionado con su gloria.

Y es que deja mucho qué desear un escritor que opina que si deja de escribir no pasa nada. Según él se puede vivir sin escribir y seguir haciendo vida social, yendo a un cóctel para después reunirse con algún presidente y más tarde recibir algún reconocimiento. Y dejar a un lado, con displicencia, el papel de denuncia constante desde la tarima pública que se ha ganado.

Según Caballero, Harold Pinter “denunció en particular las mentiras políticas de los gobiernos de los Estados unidos, porque, dijo, han sido mentiras creídas”, todas ellas, según él mismo, en una exitosa operación de hipnotismo. Y no es que le corresponda a García Márquez seguir la posición ideológica de cada Premio Nobel de Literatura, ni de lejos. Lo que le debe corresponder es menos, pero mucho menos, y es pronunciarse, manifestarse, y salir de ese exilio arrogante en el que se refugió sin interesarse siquiera por esas realidades de las cuales escribió y ahora desconoce.

“…Una buena descripción de lo que debe decir un intelectual es aquello que es demasiado cierto para ser verdad”, dice Caballero. Tal vez García Márquez no está interesado en las verdades de Colombia. Mientras tanto puede seguir su vida hartándose de congratulaciones (bien merecidas), escamoteando responsabilidades morales y éticas, y parándose frente a su espejo, viejo y empañado, para cansarse de mirarse.

Monday, January 16, 2006

La ballena paisa

En estos primeros días de enero los planes se reducen a lo poco que las alcancías perdonadas y los bolsillos exprimidos, todavía guarden de dinero. La fiesta y los buenos deseos navideños se lo han llevado todo, o mejor dicho, lo poco que se haya conseguido ahorrar o ganar. Es difícil imaginar, sobre todo por estos días, una forma de divertirse en familia sin nada de dinero. Pero como salvación de los incautos compradores decembrinos, de los aficionados de la tecnología de vuelo y de los simples curiosos, el mes de enero, famoso por el ambiente rutinario y cansino de sus días, se iluminó con la visita del avión más grande del mundo, el Air Bus A380.

Son varias las razones que cuentan para que el viaje al aeropuerto José María Córdoba se convierta en un destino turístico para los Medellinenses en busca de planes. El hecho de que el aeropuerto de Rionegro haya sido elegido entre otros, como el de Ciudad de México, Buenos Aires y Bogotá, con características tecnológicas y climáticas similares; es el avión más grande que se ha fabricado en el mundo hasta el momento, y, la última pero no menos importante, la posibilidad de que nunca más volvamos a verlo por estos lados del mundo, hacen que el viaje se vuelva apetitoso y sea la posibilidad de encontrarse con “gente hasta de cuatro ojos” como dice la frase popular.

Desde el martes 10 de enero de 2006, cuando el avión aterrizó en el José María Córdoba, hasta el sábado 14, la gente no se hizo esperar para expresar la alegría que generaba esa gran visita, y como siempre el regionalismo apareció como sustancia para el asunto. La oportunidad de ser protagonistas sobre los capitalinos, hizo que muchos se apasionaran con el tema y tuvieran una razón más para echarle leña a la eterna pugna absurda entre las dos ciudades.

Y aunque el avión ya se fue a conseguir otros destinos, el tema dará mucho de que hablar y qué recordar. Una tripulación Francesa agradecida por tal recibimiento, es un motivo para recordar. Pero además quedaron los souvenires del avión en icopor o inflables que se vendían entre los chuzos a mil, las mazorcas de seiscientos, las donas y los mangos de todos los precios.

Wednesday, November 23, 2005

El error que señala la historia

Los días seis y siete de Noviembre de 1985, fueron oscuros para el país, y los daños irreparables todavía causan dolor e impotencia para quienes recordamos el hecho. La toma por la fuerza del Palacio de Justicia por parte de los guerrilleros del M-19 partió la historia de la violencia en Colombia en dos partes. Pero no por que hayamos vivido una tragedia de ese tamaño, los colombianos entendimos que la salida a los conflictos no es posible por la vía de las armas.
El Estado en su afán de recuperar una soberanía, cuestionable dentro de un país con una larga trayectoria en corrupción, terminó legitimando la masacre ocurrida dentro del Palacio hace 20 años en manos de los militares, quienes sin saber hacía donde se dirigían exactamente, entraron con tanques de guerra, con la supuesta intención de recuperar el terreno ganado por la guerrilla y liberar a los rehenes. A quién se le pudo haber ocurrido que se puede liberar a alguien con tanques de guerra. Y aunque los hechos de este rompecabezas no se hayan organizado ni la verdad haya podido esclarecerse, lo más triste del asunto es que aún hoy no hayamos aprendido la lección.

La historia lo demuestra con hechos dolorosos pero determinantes. Las armas no son la solución a los problemas de la guerra. Pero si ni siquiera la historia puede tener un argumento de peso para el actual gobierno y sus felices gobernados, no hay ninguna esperanza de que Colombia avance en el esquivo terreno de la paz.
Ni los secuestrados regresarán a sus hogares sanos y salvos ni los soldados van a dejar de morir en el monte ni los desplazados van a dejar de aumentar los cordones de miseria, mientras la vía para conseguirlo sea la guerra y no el diálogo al que se negó el Presidente Betancur hace 20 años, y al que hoy se niega el presidente Uribe después de una historia tristemente marcada por la sangre.

Tuesday, November 08, 2005

Cuatro puntas distantes

En una extraña aventura se embarcaron cuatro conocidos periodistas colombianos, enviados por la revista Soho, para darle cara a las cuatro esquinas más distantes de Colombia. Fue también un buen ejercicio para mirar nuestro país desde afuera, desde los límites, donde la única ley conocida es la ley de gravedad, y la sensación de lejanía va más allá de la distancia geográfica. Fue como haber conocido algo de cuatro colombias diferentes, con un factor en común: el abandono.
Paisajes descaradamente bellos que rodean la miseria de pueblos arrasados una y otra vez por las inclemencias del tiempo y de los hombres. En los extremos de Colombia se vive en el límite de la pobreza, pero también de la creatividad. Las carreteras improvisadas, las viviendas rústicas, los gobiernos impíos, y las formas inconcebibles de ganarse la vida, hacen de esas esquinas lugares aún más distantes no sólo para los lectores desprevenidos, sino para el mismo gobierno.

Las fronteras se debaten entre la legalidad estatal y el contrabando de mercancías como los electrodomésticos, la gasolina y la droga. Colombia en las esquinas hace sus propias reglas a causa de la distancia medida en kilómetros y en niveles culturales. Los habitantes de estas regiones no están cerca de ningún centro, igual de distantes están de Colombia que de los países fronterizos. Son lugares inhóspitos bendecidos por la naturaleza y abandonados por los gobiernos.

Al final bien lo explica Germán Castro Caicedo cuando dice “…para mí son los mismos seres humanos llenos de imaginación y talento. Mestizos como yo, capaces e inteligentes. Aquel tomó el camino del ejército porque no tenía con qué comer. La guerrillera se encaramó un fusil por lo mismo. Colombia, a ochocientos kilómetros al oriente de Bogotá en línea recta. Tan lejos del mundo civilizado”.

Thursday, October 20, 2005

El lado que no cuenta

En nuestro país el vicio de generalizar es cada vez más preocupante. Cuando escucho a una nueva ganadora de un reality agradecer a "toda Colombia", o a alguien decir que los paisas somos unos berracos, o a un político hablar por el "bien de todos", me pregunto por qué quedo arbitrariamente incluida en esa noción tan homogeneizante del mundo. Ahora la frase de moda es que con la aprobación de la reelección inmediata "Colombia ganò". Pero, si yo hago parte de esa Colombia, por qué no siento que gané.

Y entonces pienso que me siento más solidaria con el lado de las minorías, seguro porque hago parte de ellas, que con esas mayorías estridentes que gritan de alegría con el sabor de la victoria. Para muchos colombianos la oportunidad de reelegir a su presidente es una forma de ganar. Seguramente creen en su discurso mediático y rimbombante en el que se les promete seguridad en las carreteras a cambio de una brecha social cada vez más insalvable. Pero no todos son gritos de alegría, también los hay de horror y de desesperanza.

Seguro que los más de 3.000 secuestrados en Colombia y sus familias, no se sienten esperanzados, y mucho menos hacen parte de ese país que supuestamente ha ganado. Cuántos años más en el monte y en la impotencia les esperan a esas personas por las que el gobierno de Álvaro Uribe no ha sentido ni un ápice de compasión. En cuánto se van a seguir incrementando los sueldos de los Ministros mientras se le piden esfuerzos económicos a la población; más hospitales se quedan sin personal por falta de recursos; y las escuelas, a falta de personal e infraestructura, se improvisan.

Yo no siento que gané, no quiero quedar en ese costal. Pero como colombiana que soy también puedo expresar mi preocupación por los años que nos quedan de un gobierno que, como dice Daniel Coronel, se autobonifica y aumenta los ingresos de sus ministros, mientras le pide sacrificios y austeridad a los más necesitados.